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CUENTOS DE CUARENTENA

'Entre el sopor y el sueño'

Máximo Soto Calvo participa con una nueva entrega en la iniciativa 'Cuentos de Cuarentena', organizada por la asociación cultural El Pentágrafo e ILEÓN.

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Foto: Óscar García Bárcena
Máximo Soto Calvo | 18/04/2020 - 22:05h.

Cuando uno nace llevando en sus genes buena ración de temor a atrapar todo lo malo, al punto de que otros lo califiquen de aprensivo al observar su comportamiento, para el sufridor siempre habrá una disculpa o justificación aunque vaya cogida por los pelos.

En esta faceta, pero pasando por distinto gradiente, puedo decir que caminaron de la mano largos años Manuel y Leoncio. Dado que mantenían amistad desde la niñez, y en esa etapa empezamos a conocerlos aquí, mejor será que siga refiriéndome a ellos como Manolo y Leo,  sus nombres de batalla infantil. ¡Ah!, mejor aún, para Manolo, rizando el rizo, Leo empleaba un por demás entrañable diminutivo: Manolillo. El así apodado, nunca se quejo por ello, es más, muy adultos ya, para no decir mayores, cuando Leo presentaba uno de sus libros, tendiéndole un ejemplar y pidió:

―Dedícaselo a  Manolillo.

―¿Pongo también lunares?, preguntó Leo, entre la duda y el recuerdo de que, en fase juvenil y tras ver una película española con un actor apellidado Luna, al que Manolo decía lunares, sencillamente se lo añadió con gran afecto, quedando así: Manolillo lunares

Con gran indecisión, Leo lo miraba bastante sorprendido, con afines recuerdos ambos en la mente, por lo que necesitó de un nuevo estímulo, que partió de la boca de Manolo con un:

―Sí, a Manolillo ―En tanto una cómplice sonrisa le animaba el rostro.

―Que sí ―Añadió sin perder ni un ápice de alegría. Y de este modo quedo reflejado: "A Manolillo Lunares, mi buen amigo, desde la niñez, con todo cariño".

Manolillo era más de belenes que de procesiones, que eran la "pasión" de Leo. En verdad apego a lo tradicional. Para las tareas preparatorias del belén, Leo lo acompañó bastantes años en las tareas de trasladar caballetes y tableros para la acogida del nacimiento. Cómo negarse a la petición de un amigo, de un camarada, se decía por entonces, en vez del colega de ahora.

A la sombra de unas paredes de adobe, cada año iban a recoger musgo. Había superficies de enorme verdor de esa planta sin verdaderas raíces, por lo tanto era fácil de recolectar a mano. Tenían un lugar preferido. Era en las proximidades de una presa que antaño llevó agua para el Monasterio de San Claudio, y ahora discurría muy próxima a la calle en la que vivían, Santa Nonia.

Por qué no colocar aquí unos sonoros nombres, si el musgo preferido estaba a sus orillas, a la sombra de los tapiales del solar del Hortelano y la huerta del Cornetero, después de haber pasado el agua encauzada por el Prao del pinche. Entonces aún no se había abierto Lancia, una hermosa calle con bulevar incluido, y la calle Covadonga de hoy, era el Paseo de Túnel, por estar éste bajo las ramas de frondosos castaños.

Otro apunte, puede que sobrado por su escaso valor, pero necesario para decir que la presa estaba muy próxima a la parte posterior de la iglesita de Santa Nonia, donde Leo se preocupaba todos los años de ver los preparativos de las procesiones de los papones de negros hábitos. Y hasta de ayudar si se lo permitían.  Pura tradición.

Antes de dar un salto de más de setenta años, ahí es nada, para situarnos en el momento que nos interesa, es bueno destacar que  Manuel, preparado y titulado para la práctica contable, supo encauzar los números en unos laboratorios leoneses, donde también se manejaban virus, y que a los Virólogos hubiera acudido en demanda de información. Útil para calmar su saber, puede, pero para tranquilidad personal ninguna; difícilmente se le enderezaba el pesimismo.

Con buena parte de verdad incorporada, tras la somera presentación de los protagonistas, aun cuando sólo haya sido indiciariamente, el lector, al final, podrá llegar a ver a ambos como en el trasfondo de un espejo en el que todos estuviéramos mirándonos en tiempo de pandemia, vicisitud ésta tan real como preocupante.

El estado de confinamiento, si algo nos proporcionaba, era tiempo para pensar, reflexionar y medir similitudes, al vivir bajo el temor a la amenaza vírica, que es el presente,  especulando  con la larga deriva imprevisible que es el futuro... incierto en colectividad, donde cada cual sopesaba valores entro el hoy y el ayer, y el futuro se estaba escribiendo con i de incertidumbre.

Si Leo en cuarentena estaba entre reflexivo y pesimista ante la amenaza vírica, seguro que Manolillo estaría, y empleo el condicional, sorpresivo pero oportuno, pues, apenas seis meses antes había tenido lugar su fallecimiento. Él estaría, repito, pecando de prevención obsesiva.

Aquí viene un punto de hilazón comparativa. Ya adolescentes, sin precisar fechas, tan sólo catalogando recuerdos, marcando como cierto el lugar: en la calle de Ordoño II, a la altura del cine Mari, hubo un encuentro casual entre Leo y Manolillo.

―Acabo de encontrar a Quini, fue el saludo de Manolillo, preocupado y con ansia de decirlo. Conviene añadir que el tal Quini era un amigo común, a quien la vida empezó a tratarle bien y él se desquició entre facilidades, recalando en una enfermedad pulmonar que Manolillo entendía como contagiosa.

―Al saludarle, tuve que estrecharle la mano que me tendía, ―siguió diciendo―. Ya sabes lo de la enfermedad. Estuvimos en el Nacional tomando un blanco, de modo que no quería más que se marchara para  lavarme la mano, bueno, las dos, y dos veces. Ahora voy a casa a darme alcohol.

De modo que, aun siendo simple anécdota, pero con gran carga de afectividad contada, le llevó a Leo, y sin duda puede llevar al lector, a entender que el bueno de Manolillo hubiera sido un excelente candidato para los frecuentes lavados de manos que se preconizan contra el coronavirus que nos invade.

 

 

* 'Entre el sopor y el sueño' es un relato publicado dentro de la iniciativa lanzada por la asociación cultural El Pentágrafo e ILEÓN.COM para recoger escritos con temática relacionada con la actual crisis ocasionada por el coronavirus Covid-19.

Su autor es Máximo Soto Calvo. Que explica así la motivación de esta historia: "Vaya el presente relato como recuerdo de un buen amigo: Manuel Geijo. De cuya amistad con el autor hay retazos trascritos que marcaron momentos compartidos de especial valor. Las circunstancias son difícilmente mesurables y en la distancia más, como matizable es lo que entonces fue algo del vivir cotidiano de dos chavales. Gracias a El Pentágrafo e ileon.com, por permitirme la dedicatoria. Reitero, Gracias "al Máximo"."

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