CUENTOS DE CUARENTENA

'Pandemia'

Iñaki S. Zabala participa en la iniciativa 'Cuentos de Cuarentena', organizada por la asociación cultural El Pentágrafo e ILEÓN.

Bastón
Photo by Eric Cheng from Pexels
Iñaki S. Zabala | 25/04/2020 - 22:08h.

Van a dar las dos de la tarde. María está a punto de entrar en su casa. Es ella una viuda que casi ha cumplido los ochenta y cinco años y ha criado a tres hijos que ya han alcanzado la mediana edad. En este mismo instante, el más joven de ellos se entretiene leyendo un artículo de actualidad en la casa de su madre, mientras espera a que ella llegue: «La expansión del coronavirus es una consecuencia de los numerosos viajes» ―lee el hombre, para sí―. Por fin, después de un largo rato, se oye la llave en la cerradura y la puerta de la casa se abre.

― Hola, madre. Buenos días ―le dice el hijo, plantado en jarras a algunos metros de la entrada―. Vengo a comer contigo, si te parece bien.

― Anda, si hay alguien en casa ―responde la mujer, algo sorprendida, con el rostro sonriente― Buenos días, Luis.

El hijo deja la mirada clavada en su progenitora.

― Qué bien que te quedes. Pero, ¿por qué pones esa cara?, ―le inquiere la madre, mientras camina, ayudándose con un bastón de madera, hacia el interior del piso―.

― Verás, mamá, ―explica Luis, en un tono adoctrinador, mientras sigue a María por la casa―. Ahí afuera, la gente de tu edad e incluso con muchos menos años que tú, está muriendo a cientos cada día. Y a pesar de eso, tú te has atrevido a salir de casa cuando todas las autoridades advierten que nos abstengamos de hacer precisamente eso. Pero tú, nada: «Voy a salir a darme una vuelta hasta el banco, porque aquí me aburro y hoy no tengo nada que hacer...»

― Haz el favor de no decir tontadas ―Protesta la madre―. Sé de sobra lo que está ocurriendo. Pero me siento bien, no tengo nada. Y ahora mismo voy a lavarme las manos.

Ambos se hallan en la cocina y allí calientan la coliflor y el pescado, que ya había cocinado ella previamente. También preparan los utensilios para poner la mesa, mientras continúan conversando.

― Dices que te encuentras bien, mamá, ―afirma el hijo, irónico―. Pero además, esta misma mañana te has ido hasta el hospital, nada menos que en-un-taxi, recalca, en un tono aún más desagradable.

― Pues claro, ¿en qué me iba a ir si no? En taxi he ido y en taxi he vuelto, mira tú, ―responde la buena señora, armándose de paciencia.

- Mamá, para ti, ahora mismo, ir en taxi es casi tan peligroso como tomar el autobús ―le advierte Luis―. Tú, si llegaras a contagiarte, correrías un peligro tremendo. Lamento de verdad hablarte así, pero lo que te quiero decir es que...

―Ya sé lo que me quieres decir, exagerado ―Le espeta la madre-

Ahora, madre e hijo se encuentran sentados a la mesa en la sala que utilizan de comedor, delante del televisor apagado. Y almuerzan y hablan distanciados.

―Te veo tan tranquila... Dímelo, por favor. Tu actitud, ¿te parece normal? Creo que todo esto te está afectando mucho. Creo que, de la noche a la mañana, te has convertido en una persona absolutamente irresponsable y en una egoísta de narices, por no decir algo peor, ―Suelta el hijo, descargando su malestar sobre la mujer.

―Bueno, tengamos la fiesta en paz. Ya es suficiente, me parece a mí, ―Le replica la madre, mostrándole su mano abierta y mirándole enfadada.

― Tengo miedo por ti, mamá ―Admite, finalmente, Luis, mirando a los ojos a la persona que le ha traído al mundo―. Temo que cualquier día de estos te infectes con ese coronavirus de mierda y, por fuerte que seas, lo pases fatal. Temo por tu vida.

― Luis, tú ya sabes que a veces es normal sentir miedo, ¿no? ―dice María, tratando de calmar a su hijo―. Pero yo, lo único que puedo hacer, además de mantenerme requetelimpia, es guardar la prudente distancia con las demás personas cuando deba acudir al banco o al médico, como hoy. El resto, como comprenderás, no depende de mí, así que me trae sin cuidado. Si la gente no es capaz de hacer lo que debe, entonces todos corremos el riesgo de infectarnos, ¿no crees?

― En tu caso, tal como están ahora las cosas ―piensa Luis, en voz alta―, me parece que cuanto más tardes en contagiarte, más probabilidades tendrás de superar la enfermedad. Pero si enfermas ahora, no sé. Quizá los médicos se vean obligados a elegir. Estos días, algunos médicos van a tener que tomar decisiones difíciles de verdad. Y tal vez no todos puedan asumirlas.

― Sí, claro. Hasta ahí podía llegar la broma ―responde María, tajante.

― ¿Cómo dices? ―pregunta él, sorprendido.

― Pero, ¿qué bobada es esa? ―contesta la madre― ¿Estás queriendo decirme que los médicos no van a ser capaces de realizar su trabajo como Dios manda? Me parece una idea del todo ridícula, Luis.

― ¿Ridícula, dices? Son personas, mamá: tienen sentimientos y emociones. Pueden sentirse como les parezca en cada momento ―Argumenta él, algo molesto.

― Pues faltaría más, hijo ―afirma, categórica, María―. Como tú mismo dices, médicos y demás sanitarios pueden sentir esto y lo otro, cuando y donde quieran. Pero en ningún momento pueden evadir su responsabilidad. Porque solo ellos pueden elegir a qué paciente ponerle o no la máscara del oxígeno o el respirador artificial. Los demás, que ni somos médicos ni estamos especializados, nunca vamos a poder hacerlo.

― Entonces, madre, tú misma me acabas de confirmar que lo que llevo pidiéndote desde que llegué, es lo más sensato. Si, como tú dices, tales decisiones solamente las pueden tomar los especialistas, entonces tú no debes salir nunca más a la calle, y de ese modo los médicos no tendrán que tomar semejante decisión contigo. ¿Me entiendes ahora?

― Hijo, eres tú quien lo entiende todo al revés ―le contradice la madre―. Lo primordial es mi salud, ¿no? Por eso he ido al hospital esta mañana: tenía una cita para hacerme una resonancia. Llamé para confirmar que me atenderían y así fue. Y luego, al bajar, estuve un momento en el banco.

― Muchas gracias por tu explicación, mamá ―dijo Luis―. Pero para hacer eso, podías haberme llamado y te hubiese acompañado. Y para lo del banco, también podías utilizar tu ordenador o tu móvil. Las oficinas o las aplicaciones bancarias en Internet son fiables y resultan muy cómodas.

― ¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando a que me hagas una demostración para ser capaz de manejarme con eso? ―Se queja ella―. Pero para mí, lo más cómodo, con diferencia, sería que tú y tus hermanos evitaseis infectaros.

― Vale, mamá. Ya estamos en ello. Ahora me tengo que ir. Discúlpame si no te beso por ahora. Hasta otro momento, entonces. Te quiero.

 

El autor del relato, Iñaki S. Zabala Herrero
El autor del relato, Iñaki S. Zabala Herrero

** 'Pandemia' es un relato publicado dentro de la iniciativa lanzada por la asociación cultural El Pentágrafo e ILEÓN.COM para recoger escritos con temática relacionada con la actual crisis ocasionada por el coronavirus Covid-19.

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