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CUENTOS DE CUARENTENA

'Mi encierro'

Moira Sinsino participa en la iniciativa 'Cuentos de Cuarentena', organizada por la asociación cultural El Pentágrafo e ILEÓN.

Foto de cuento de cuarentena Moira Sinsino
Imagen: Moira Sinsino.
Moira Sinsino | 01/05/2020 - 22:06h.

Día 1

Al principio nos reímos como niños... No parecía más que un buen relato para cualquier escritor novel. Dejamos que la prepotencia hablara por nuestra boca. Habíamos aprendido de lo que ocurrió 10 años antes cuando nos engañaron, nos trataron como idiotas, nos insultaron... Gripe A, gripe aviar, mentiras y juegos de estados, un Monopoli de empresas que los ciudadanos habíamos perdido antes de empezar... Pero esta vez no, no se van a reír de nosotros, dijimos, ahora lo sabemos todo, esta vez nosotros nos reímos primero, si no vemos humo, no existe el incendio. Y por eso empezamos a reírnos. Hace un mes nos reíamos de esto. Hace dos semanas nos reíamos más si cabe. Hace cinco días empezamos a reírnos algo menos y se agotó el papel higiénico en los supermercados. Hoy, es el primer día oficial de confinamiento, de cuarentena, de encierro. Queda alguno que se ríe, siempre lo hay, pero esto ya no tiene que ver con las mentiras que no vemos.

La Naturaleza es sabia y necesitaba que nos callásemos un poco, que dejásemos de echar mierda en sus alfombras, necesitaba respirar. Por eso se enfadó. Se enfureció tanto que parió un nuevo virus. Pero nos fue avisando, como hacen las madres antes del castigo, varias veces. Y ¿qué es lo que hicimos? Nos reímos de ella. Porque somos expertos en reírnos de lo que no entendemos. Ahora estamos encerrados sin cadenas, cada uno en su casa, mirando la vida-novida desde la ventana, la calma dentro del ojo del huracán. Es curioso que nuestra salvación sea también la liberación de la Tierra durante unos días.

Quizás merezcamos este pequeño castigo. Tal vez sea una oportunidad en lugar de una condena. Es probable que estos días nos hagan ver la vida de otra manera. Puede que no. Lo que está claro es que si nos hubieran dicho que llegaríamos a esto hace unos años, hace unos meses, habríamos preguntado por el título de la película.

Hoy me han despertado los pájaros y no he querido apagarlos con mi música. Hoy un hermoso sol de finales de invierno ha dado lugar a una mañana perfecta, salvo porque no he podido salir a pasear... La luna menguante acechaba de día. De noche se ha escondido entre las nubes. Hoy amanecí en primavera pero anochezco entre la nieve de invierno. Hoy comienza un nuevo capítulo en nuestras vidas aunque, quizás, ya llevaba mucho tiempo escribiéndose.

Día 3

El enemigo avanza invisible entre nosotros, sin dar tregua. Destruye el presente, destruye el futuro y nos desalienta. Pensamos en las consecuencias. Consecuencias, consecuencias, sólo consecuencias: personales, sociales, económicas... Los que sobrevivan se enfrentarán a una nueva crisis, pero estarán vivos o tal vez sólo lo parezcan... Dilemas éticos y morales. ¿Estaremos preparados para todo lo que viene? Unos viven, otros mueren, ¿quién decide? Esto sólo acaba de empezar y yo sólo quiero comer todo lo que no tengo en casa.

Silencio en las calles y ruido en los hogares. Dicen que saldrá lo mejor de las personas, probablemente también lo peor. La compañía se hará a veces inaguantable. La soledad también. Lo que menos soporto es esta privación de libertad cuando sólo me apetece salir a pasear. Una cárcel sin rejas, quizás necesitábamos esta bofetada para pararnos a pensar... ¿Pensaremos?

También está lo bonito,  las personas nos unimos frente a las catástrofes, aunque a mí me jode que tengan que ser las desgracias las que nos unan. Sea como sea, las personas nos apoyamos, nos hacemos compañía, no importa dónde estemos, todos estamos aislados. Cada tarde a las ocho salimos a la ventana o al balcón y aplaudimos a las brigadas de bomberos de este gran incendio: el equipo sanitario que trabaja sin descanso para detener esta pandemia. Yo extiendo mi aplauso a quienes nos permiten llenar la nevera, a quienes limpian los hospitales, las calles, a quienes les esperan en casa... Después del aplauso vienen las linternas y las luces desde las ventanas. Tal vez sea antes o puede que a la vez, no lo sé. Me vuelvo loca intentando captar todo lo que ocurre en el único momento al día en que vivo en comunidad, cuando siento que la unión es posible que haga la fuerza, pero despacio, porque esta especie humana es egoísta y caprichosa y precisa de unos tiempos de adaptación excesivamente largos hasta en una emergencia. Así que nos unimos despacio y la fuerza la vamos haciendo despacio. Y yo sólo pienso que ojalá lleguemos a tiempo...

Día 4

Aún no estamos convencidos. Hay unos cuantos gilipollas que nos están haciendo perder el tiempo a todos los que nos hemos aislado. Cuantos más contactos, más tiempo encerrados, más consecuencias... Joder, ¿tan difícil les resulta meter el culo en sus casas y gastar el papel higiénico que han comprado por kilos? Así, por lo menos, podríamos pensar en quienes realmente importan: los que no pueden confinarse en sus casas porque no tienen casa, los que se juegan durante este tiempo el tiempo que vendrá después, los que vivieron sus guerras y van a morir por las nuestras...

Hoy he salido a la calle tapada hasta arriba con dos bufandas, pero sin guantes ni mascarilla porque no hay desde hace un par de semanas, hasta en los hospitales faltan. Jabón hidroalcohólico para desinfectarme antes y después de hacer la compra, es la nueva moda. La imagen de las calles es extraña. Salvo excepciones, se guarda silencio. En los pocos comercios que siguen abiertos, mantenemos la distancia de un metro sin saber muy bien cuánto es un metro. Cualquiera de nosotros podría llevar el virus sin saberlo. No debemos rozarnos porque podríamos ampliar el radio de expansión y lo que queremos es contenerlo, contenernos en casa con  nuestro virus dentro.

Día 5

Entre la psicosis de la población, cada vez mayor ante las cifras que aumentan día a día de modo considerable, comienza la batalla sin escrúpulos de las farmacéuticas para encontrar una vacuna por la que pagaremos millones cuando todo haya pasado, cuando nos hayamos despedido de más personas de las que deberíamos. China, Estados Unidos, Alemania y España se disputan por ahora la carrera. Es probable que ni siquiera valga para el próximo virus que nos ataque, pero es igual, nosotros necesitamos salvarnos y las empresas saben que el miedo puede pagar hasta la muerte.

Y mientras, unos pocos mantienen de verdad en marcha el mundo, que lentamente se va apagando por completo. Nos llenan la nevera, trabajan cuando los demás desearíamos hacerlo sin saber lo difícil que es hacerlo en estos momentos. Tratan de tranquilizar nuestros sueños, si es que se puede hacer eso, al tiempo que los demás vamos trazando una red de comunicación, de apoyo, de ánimo, que nos hace creer que todo esto tiene algún sentido.

Día 6

Economía de guerra, medicina de guerra, estado de guerra, hospitales de campaña... Sólo somos cifras, pase lo que pase con nosotros no somos más que números para calcular un índice de mortalidad.

Los niños empiezan a volverse locos. Algunos gritan desde las ventanas de los pisos de sesenta metros cuadrados que los retienen: «¡Quiero un perrooo!». Y los gritos nos van desesperando a todos porque nos recuerdan que este encierro sólo acaba de empezar y que todos querríamos un perro para salir a pasear incluso hoy, que está lloviendo. Los padres se organizan como pueden. Ahora comen a deshoras, duermen a deshoras, follan a deshoras —al menos follan—, su intimidad ha desaparecido por completo de sus vidas. La mía no, la mía es cada vez mayor y rebota contra las paredes de mi casa.

Estos días me he preguntado qué harán todas esas mujeres que deben confinarse con el enemigo en casa y me he dado cuenta de que es imposible que todo salga bien. Hoy han matado a una de esas valientes. El coronavirus no llegó a tiempo para cargarse a ese cobarde... ¿Lo ves? También sale lo peor de las personas, y lo peor es muy pero que muy malo.

Es posible que piense en todo esto para evitar pensar en mí misma el máximo tiempo posible, en mis propias contradicciones, como que estamos luchando contra un virus que te devora los pulmones mientras yo me enciendo un cigarrillo y aniquilo los míos por voluntad propia... Así de incongruentes podemos llegar a ser los seres humanos. Quizá por eso hoy aplaudo con más fuerza que otras tardes, hasta que me duelen los brazos, para compensar mis contrariedades... Pensé en dejar de fumar estos días pero, por si acaso, he comprado tabaco para un tiempo.

Día 10

¡Sálvese quien pueda!. Es asqueroso ese carácter de la especie humana en el que la empatía desaparece y lo importante es «que no me toque a mí». Algunos venderían a sus propios padres —prefiero pensar que a sus hijos no, pero quién sabe— sólo para que no les toque a ellos. Cuesta dejar de ser individualistas después de tantos años dedicándonos a serlo... Justas no son muchas cosas ahora mismo, sólo hay que sacar la cabeza por la ventana y abrir los ojos. La empatía es lo único que nos puede acercar a las personas pero es de esas cosas que nunca se apuntan en la lista de propósitos de año nuevo...

Como regalo de aniversario de los diez días en confinamiento, una buena hostia en nuestras caras. El pico de infectados asciende dramáticamente, porque la película por supuesto es un drama. El número de muertes aumenta también. Y las cifras nos enmudecen a nivel mundial haciéndose cada vez más pesadas sobre nuestras espaldas. Cifras en una ecuación en la que todavía existen demasiadas incógnitas por resolver. Pero las matemáticas no fallan, incluso las de hace cien años, son naturaleza. Vamos llegando a lo peor, que todavía está por llegar...

Esta semana ha aumentado el consumo de cerveza en los supermercados. Somos un país de alcohólicos, no podemos negarlo, pero lo camuflamos en las quedadas sociales, en los bares, en los tapeos... Ahora que no podemos salir tal vez nos sorprendamos de todo lo que bebemos en casa. A mí se me olvidó hacer acopio de cerveza y, por alguna razón, me da igual, no siento que tenga que brindar por nada. En su lugar, cada día guardo un abrazo en la nevera para tenerlos frescos cuando pueda volver a darlos.

Día 13

Me pregunto si este aislamiento temporal se convertirá en una nueva forma de vida. Si a partir de ahora cada cierto tiempo vendrá la «época del confinamiento», como la época de los monzones. Si estaremos haciendo bien los ensayos para bajar todos el telón a tiempo la próxima vez.

Día 19

La gente habla de su vida normal cuando todo esto pase. Me temo que ya nunca volverá esa normalidad que conocimos. Vendrá otra, al fin y al cabo lo normal es simplemente lo que se ha convertido en rutina —veintiún días es lo que dicen que tardamos en adquirir un hábito—. Pero habrá cosas que no cambien nunca: los que tengan seguirán teniendo, los que no tengan se quedarán sin nada. Este sistema —ese ente omnipotente que lo único que quiere es sobrevivir a cualquier precio, zampándonos a todos— no está hecho para la solidaridad, para el avance conjunto. Me da rabia cuando nos piden que estemos unidos, juntos para superar esto, pero ¿qué pasa después? ¿Por qué no utilizamos esos lemas todo el tiempo? ¿Por qué cuando pase esto ya no hace falta que estemos juntos? ¿Por qué luego sí se podrán justificar las muertes, la soledad o el abandono? Siempre la doble moral. Mientras escribo esto escucho la radio, suena una canción que no conozco y una frase se me encaja en la cabeza: «It's not what we did, It's what we didn't».

Día 22

Aplaudimos bajo la lluvia camuflando nuestras lágrimas. Aplaudimos con todas nuestras fuerzas para no pensar en cuánto cambiará todo esto nuestras cabezas. Aplaudimos para superar el hastío y olvidarnos del miedo. Aplaudimos con las manos mojadas, rompiendo cada gota de agua entre nuestros ásperos dedos. Cuando todo esto pase... Ojalá sigamos siendo.

Día 36

Una clase de universidad con compañeras que ya no volverán. Un vórtice de tiza girando en la pizarra al ritmo de un metrónomo estropeado, tac-tac-tac, hasta hacerlo estallar. Vuelan por los aires las páginas de un libro y yo soy la única que no ha podido leerlo. Se desploma la baranda del balcón, una de mis manos la intenta sostener, la otra esconde un tornillo roto relleno de plástico a la espera de uno nuevo que nunca llega... Bertolt Brecht, «Vosotros, que surgiréis del marasmo en el que nosotros nos hemos hundido... ¡Trepad a los árboles! ¡O todos o ninguno!...». Alguien bebe demasiado y yo no puedo conseguir que deje de vomitar. Salto, me agacho, hago una pirueta imposible y me quedo suspendida bocabajo. Algo sujeta mis pies cuando yo sólo quiero moverlos y bailar rompiendo la extraña ley de la gravedad que se han inventado mis sueños... La noche más larga desde que empezó este estúpido confinamiento.

Día 41

Hace ya dos semanas que se suavizaron las restricciones del estado de alarma y se permitieron de nuevo algunas de las actividades no esenciales, pasear no está incluido entre ellas.

En un par de días, se permitirá salir a los menores de catorce años a la calle durante una hora al día. Es imprescindible para su desarrollo vital, para que no apaguemos su infancia antes de tiempo. Me dan envidia, quién pudiera volver a ser niña...

Desconozco cómo se puede controlar el tiempo que salen o el número de veces que lo hacen. Ojalá lo hagan de manera responsable para que los que seguimos encerrados tengamos la oportunidad de salir pronto a jugar como ellos y que este aislamiento no acabe con la poca cordura que nos queda. Mientras tanto, quienes no tengamos perros o niños seguiremos sin poner un pie en la calle salvo para lo estrictamente necesario... ¿Gritaremos por las ventanas: quiero un niñooo, quiero un perroo? Que nadie se apresure, los niños no crecen en las macetas —he revisado las mías por si acaso— ni los perros salen de debajo de las mesas. Así que habrá que seguir esperando a que las puertas del mundo se abran de nuevo para todos.

 

** 'Mi encierro' es un relato publicado dentro de la iniciativa lanzada por la asociación cultural El Pentágrafo e ILEÓN.COM para recoger escritos con temática relacionada con la actual crisis ocasionada por el coronavirus Covid-19.

Moira Sinsino es una amiga de El Pentágrafo en la distancia. Durante este confinamiento ha ido escribiendo un diario, como tantas personas, en el que se libera de este encierro a través de las letras y donde va desarrollando diferentes personajes. Se define con una simple frase: "No soy arte, no tengo destino, solamente camino."

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