ENTREVISTA

Pablo Batalla Cueto: "Hay una gran transformación del montañismo que refleja la gran transformación del mundo"

El escritor Pablo Batalla Cueto ofrece en su libro 'La virtud en la montaña' un análisis sobre el mundo del montañismo, su evolución de los clubs hasta el momento actual de competición capitalista y colonización de las cumbres "que convierte la naturaleza en un gimnasio o una pista de atletismo".

Pablo Batalla Cueto en la montaña
Pablo Batalla Cueto en la montaña
Abel Aparicio | 29/05/2021 - 10:03h.

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) sostiene en 'La virtud en la montaña': vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista que «Margaret Thatcher gana batallas después de muerta y cada vez sucede menos, como quería Montaigne, que sea el gozar, y no el poseer, lo que nos hace felices. Todo lo malbarata esa apoteosis, y también se está apoderando de la práctica del alpinismo». Sobre el thatcherismo alpinista habla este libro que lo denuncia: la colonización de las montañas por el «montañismo anhedónico de espantosos hombres útiles, eficientes, competitivos, militarizados, súbditos sumisos del reino de la cantidad que ya no escriben crónicas sobre el fulgor trémulo del sol derritiendo la última nieve o los extraños hilos de la asociación del rojo y el azul en un ocaso glorioso, sino que compilan registros desoladores de calorías gastadas, pulsaciones por minuto, longitudes de zancada, segundos en movimiento y otros parámetros de la nada». Un montañismo correa de transmisión de los valores del capitalismo neoliberal frente a aquel que «sigue buscando el desmayo maravilloso de los síndromes de Stendhal; desde la montaña disintiendo de la troika infame del reloj, la velocidad y el consumo y proclamando con Federico García Lorca que es imprudente vivir sin la locura de la poesía». Batalla, asturiano, reside desde hace tres años en un pueblo de León, y en esta entrevista, desgrana algunos de los puntos más interesantes de su libro, publicado por el sello gijonés Trea.

Pablo, sueles contar que escribiste 'La virtud en la montaña' motivado por algo que en un momento dado percibiste en tu entorno.

Sí. Yo percibo que los clubes de montaña, todo ese tejido asociativo que yo todavía conocí muy boyante, cuando la prensa asturiana publicaba cada semana una página con fotos de los lugares a los que habían ido los clubes de la región, y todos eran grupos enormes llenando las cumbres de gente de todas las edades, ha entrado en una cierta decadencia, que después me confirman allá donde pregunto. Cada vez menos miembros, cada vez mayores, una media de edad que sube y tremendas dificultades para garantizar el relevo generacional. Sin embargo, a la vez, hay todo un mundo de carreras de montaña que han brotado por doquier y que vive lo contrario: un auge vertiginoso; una marea de solicitudes que hace a muchas tener que organizar sorteos para repartir unas pocas plazas entre miles de personas que quieren participar, y entre las que hay muchísimos jóvenes. Yo percibo que ahí hay lo que, después, comprobaré que un periodista suizo ha llamado grande mutation: gran transformación; el paso de un montañismo recreativo, contemplativo, a uno construido en torno a la competición y que convierte la naturaleza en un gimnasio o una pista de atletismo. Y me doy cuenta también de que eso nos habla de una transformación mayor, que va mucho más allá de la montaña. Hay una gran transformación del montañismo que refleja la gran transformación del mundo.

¿Cuál es esa transformación?

El capitalismo neoliberal, que no es solo un sistema económico, sino también una cosmovisión, una manera de subjetivarse, de entenderse a uno mismo y la relación con los otros, mediatizada por el individualismo, la competición, la velocidad y el consumo. Esos cuatro factores convergen en la carrera de montaña como fenómeno. Nos concebimos como empresarios de sí en feroz competición socialdarwinista con otros, en la que gana el más rápido, el más eficaz, el más productivo, el más resiliente, y trasladamos eso a la montaña; la carrera de montaña es una alegoría de esa gigantesca competición que se ha vuelto todo.

Pero en el libro no solo criticas las carreras: también hablas, por ejemplo, de la masificación turística de montañas emblemáticas como el Everest o el Cervino.

Es parte de lo mismo. Efectivamente hablo, por ejemplo, de cómo el Cervino, una montaña difícil, que exige un alto nivel técnico, se llena de turistas que no es ya que no sean montañeros muy expertos, sino que a veces es la primera vez en su vida que salen a la montaña, pero que contratan a un guía para que los lleve hasta la cima. A veces lo pasan muy mal: se dan cuenta de que aquello tiene una dificultad, que exige no solo un nivel técnico sino una resistencia física, pero has pagado una pasta y no la vas a desperdiciar. Así que se fuerzan a continuar por encima de sus posibilidades, y eso forma unos embotellamientos tremendos en algunas paredes, donde los guías llegan a tener que tirar de la cuerda para subir a la fuerza a turistas lentos o que se han quedado paralizados, siendo además que el reglamento de la subida al Cervino obliga a pasar no más tarde de determinadas horas por determinados puntos, so pena de obligarte a dar la vuelta. Muchos llegan a cima absolutamente exhaustos, hay ataques de ansiedad, muertes... Pero toda esa gente se ha marcado el desafío, el reto, de ascender esa montaña emblemática. Y eso también es competición capitalista, aunque no compitas con el resto de turistas, sino solo contigo mismo, con ese lema idiota de «supera tus límites». El otro día murieron 21 chinos en una maratón de montaña en aquel país, y se murieron literalmente de frío, en una zona muy gélida a la que habían ido con ropa muy ligera para correr más rápido. Queriendo superar sus límites, se toparon con el límite definitivo: la muerte.

Cuentas que, en la cima del Everest, se forma una cola tremenda para hacerse un selfi en el que parezca que estás solo, en lugar de compartiendo la cumbre con decenas de otras personas.

Sí, y la gente respeta religiosamente esa cola. Se trata de parecer que has conquistado la montaña por ti mismo, en lugar de ayudado por guías y sherpas, lo cual también es una cosa muy del capitalismo neoliberal: estas épicas del individuo autosuficiente que pasan por alto que el triunfador, cualquier triunfador, ha necesitado la ayuda silenciosa de mucha gente para serlo. Es un poco eso de ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?, este libro feminista tan bueno sobre la invisibilización de las labores de reproducción y cuidados. O esto otro que demostraba Mariana Mazzucato en El Estado emprendedor de que varias de las tecnologías que posibilitaron la invención del iPhone (Internet, el GPS, la pantalla táctil, Siri, etcétera) se desarrollaron financiadas por el Estado. El gran ejemplo de la genialidad privada lo es en realidad de la genialidad pública.

Pablo Batalla Cueto
Pablo Batalla Cueto

Sobre esto, en el libro pones un ejemplo muy concreto, protagonizado por una figura a la que dedicas varias páginas: Kilian Jornet, el corredor de montaña más famoso del mundo, catalán para más señas.

Lo de cuando se quedó atrapado en los Alpes dices, ¿no? Sí. Jornet se especializó hace años en batir récords de subir y bajar más rápido una serie de montañas emblemáticas, desde el Everest hasta el McKinley, y también el Mont Blanc. Para correr más rápido, como los maratonianos chinos que comentaba antes, va con ropa muy ligera y sin apenas equipaje: una camiseta, unos shorts, unos playeros y a correr, como quien dice. Pero un buen día, en el Mont Blanc, a él y a su pareja, Emelie Forsberg, otra corredora, los agarró una tormenta: en el Mont Blanc el tiempo es muy inestable. Y como no tenían el material adecuado, tuvieron que llamar a la Gendarmería de montaña para que fuera a rescatarlos. El individuo autosuficiente que somete a la naturaleza sin más armas que sus piernas y sus pulmones, y que al menos por aquel entonces tenía un discurso político muy neoliberal (decía soñar con «un mundo sin políticos»), cuando las cosas se le pusieron feas, tuvo que llamar a la polis.

Es interesante la parte en la que hablas, de modo general, del running, de por qué se ha puesto tan de moda en los últimos años, y de cómo hay un interés empresarial en promocionar su práctica. Muchas empresas, cuentas, organizan sus propios equipos de runners, y el running también está muy presente como metáfora de carteles de motivación, libros de autoayuda, etcétera.

Lo del auge del running tiene que ver con los ritmos y transformaciones del capitalismo postindustrial. La desregulación del mercado de trabajo y su atomización, el paso de la vida comunitaria construida en torno a grandes empresas que daban empleo a todo un vecindario a esta selva de trabajadores dispares y dispersos, cada uno con su jornada, sus ritmos, su tener que hacer grandes distancias para acudir a su lugar de trabajo, etcétera, han hecho que sea cada vez más difícil quedar con amigos para jugar al fútbol o a cualquier otro deporte de equipo. Y eso hace que crezcan los deportes individuales y también contribuye al boom tremendo de los gimnasios, que Zan Romanoff considera los templos de cierta religión moderna: reúnen a personas descomunitarizadas en una comunidad nueva, les dan un ritual para llevar a cabo, ofrecen claridad mental y experiencias espirituales... Y sí, el mundo empresarial usa mucho el running como metáfora. Hay un best seller estadounidense, Running lean, de Ash Maurya, que es un manual para la fundación de startups basado enteramente en metáforas runner; el running copa también diapositivas de Powerpoint y pósteres motivacionales, y acá en España, Expansión publica reportajes sobre directivos de grandes empresas que hacen running y a los que presenta como competidores natos que aman los desafíos, etcétera. Luis de la Cruz dice también que el running, y cómo el running se ha adueñado de los parques de las ciudades, es la representación plástica de la productividad convertida en religión: en vez de tirarnos en el prado o simplemente deambular, corremos, producimos, también en nuestro tiempo de ocio.

Hablas también del deporte, el deporte en general, como una tiranía. «El deporte legitima el orden establecido, sea cual sea este», le citas a Perelman.

Sí. El deporte, dice Perelman, es el proyecto de una sociedad sin proyecto; el mundo toma la forma del deporte en lugar del deporte la del mundo. Nos adoctrina en los valores que se esperan de nosotros: competición, jerarquía, disciplina, eficiencia, productividad, patriotismo... La prensa deportiva no describe: prescribe. No en vano los anuncios de televisión están llenos de deportistas famosos. Los deportistas son los santos patrones de nuestro tiempo, los modelos a seguir. Y el deporte puede estar muy bien, puede ser muy sano: mi admirado Albert Camus decía que todas las cosas importantes de la vida las había aprendido jugando al fútbol. Pero es muy interesante, y aludo a ello en el libro, cómo el deporte contemporáneo es el resultado de una apropiación capitalista de juegos tradicionales que se practicaban por las calles de los pueblos y las ciudades sin unas reglas muy definidas, y a los que el capitalismo agarró, impuso reglas y encerró en estadios a los que cobró por entrar, procurando también eliminar conatos que hubo, en los albores del deporte, de disciplinar deportes que ya lo eran, que no eran juegos tradicionales, pero encarnaban valores no capitalistas. En Indonesia, por ejemplo, el fútbol importado por militares británicos comenzó a practicarse en partidos sin duración fija y que solo terminaban cuando los contendientes alcanzaban un resultado igualado.

En el libro sale León.

¿Sale León? ¡Ah, sí! (risas). Sale Peña Corada. Sale en la segunda parte del libro, donde hago una serie de semblanzas de personajes, montañeros históricos, que encarnaron bien la mirada que yo reivindico. Y uno de ellos es Casiano de Prado, un geólogo del siglo XIX que fue el primero en explorar Picos de Europa más allá de los lugares a los que llegaban los pastores. De Prado, que estaba destinado por acá, en la Sociedad Palentino-Leonesa, y parte de cuyo trabajo consistía en explorar las montañas de la zona para hacer prospecciones, se interesó por Picos un día que subió Peña Corada y vio desde la cumbre unas montañas lejanas y nevadas que lo fascinaron, y que se propuso explorar. Fue el primero en subir a la Torre de Salinas y al Llambrión, creyendo que eran los picos más altos. Un personaje interesantísimo. Era liberal, y había estado preso de la Inquisición en Santiago bajo el reinado de Fernando VII. Y era un hombre de ciencia, pero con un sentido muy poético del montañismo, que se refleja en sus escritos.

De esa segunda parte del libro, consistente, como dices, en una serie de semblanzas, sueles citar dos que, de algún modo, son tus preferidas.

El padre De Agostini y John Ruskin. De Agostini era un misionero italiano, del Piamonte, destinado en la Patagonia a principios del siglo XX. Era también montañero, y aparte de a sus labores pastorales, se dedicó a explorar aquellas tierras y a subir por primera vez picos que nadie había subido y cartografiar zonas inexploradas. El caso es que, en un momento dado, se topó con algo terrible: el genocidio de los indios selknam, que empresarios ganaderos y mineros europeos que se habían ido estableciendo en la zona estaban perpetrando contratando a mercenarios a los que pagaban por oreja, pecho, etcétera, de indígena al que asesinasen. Aquellos nativos a los que habían ido desplazando de sus tierras ancestrales para instalar sus haciendas, y a los que habían privado de sus sustentos tradicionales, les robaban sus ovejas y demás y acabaron decidiéndose por una Solución Final. Pero este hombre que era un hombre religioso y conservador, y a quien me gusta destacar por eso, porque yo soy un anticapitalista de izquierdas pero en el libro quiero transmitir un anticapitalismo de banda ancha y que también hay un respetable anticapitalismo de derechas, este hombre, digo, se aplicó aquello que decía el Che: el conocimiento nos hace responsables. Vio aquello, le indignó y utilizó su posición para denunciarlo. No miró para otro lado, como hoy hacen tantos runners de élite en carreras que se organizan en lugares donde se conculcan gravemente los derechos humanos.

De esto, pones un ejemplo marroquí que involucra a otra de las figuras a las que más atizas en tu libro: el corredor y broker Josef Ajram.

Sí, una carrera que organiza el Reino de Marruecos, la Marathon des Sables, una prueba delirante y salvaje en la que te sueltan en el desierto y te tienes que buscar la vida, y ha llegado a morir gente. La maratón pasa por el Sáhara ocupado. Y Josef Ajram, un broker corredor ultraliberal, la ha corrido varias veces, pero, por supuesto, no se le conoce ni media palabra sobre la satrapía marroquí que contribuye a financiar por esa vía, ni sobre el drama saharaui que contribuye a ahondar al participar de esa carrera que engrasa la dominación marroquí. Igual que el padre De Agostini, atraviesa una realidad lacerante, pero no deja que le detenga, ni le impulsa a tomar partido. Yo contrapongo esa maratón a otra que organiza el Frente Polisario y que es una maratón entrañable en la que te alojas en las casas de los vecinos y comparten el té contigo, y el dinero recaudado se invierte en infraestructuras deportivas y otros servicios públicos para los saharauis. También hay maratones para el bien.

De las semblanzas de la segunda parte del libro, dices, sueles destacar también la de John Ruskin.

Ruskin es una figura maravillosa. Fue el gran crítico de arte de la era victoriana y un hombre de una sensibilidad exquisita, y también era montañero. Conoció los Alpes muy joven, con sus padres, se enamoró de ellos y siguió yendo toda su vida. Y tiene algunas de las páginas más preciosas que jamás se hayan escrito sobre la montaña. Tiene un libro, On mountain beauty, que es un tratado total en el que lo mismo te describe formaciones rocosas, porque le interesaba mucho la geología, que te hace unas disertaciones preciosas y muy líricas sobre flores, sobre por qué las flores de la montaña son más bonitas que las del valle, y cuáles son las más bonitas: las llama «joyas que esmaltan las rocas» y así. Diserta también sobre arte, como crítico que era, y dice que la pintura de paisajes debía reflejar tanto una verdad de la impresión como una verdad de la forma; reflejar lo que se ve y lo que inspira en el alma del espectador. Se fija también en las penurias de los campesinos suizos de entonces, malnutridos y muy afectados de bocio, cretinismo, etcétera, debido a la miseria, y la denuncia como socialista que era. Es decir, hace una mirada total de las montañas; nada le pasa desapercibido, como sí le pasa a estos runners que acuden a una carrera, corren, se la suda, con perdón, por dónde estén corriendo, porque lo único que buscan en la naturaleza es un telón de fondo para sus apoteosis individualistas, y se van. La naturaleza no les transforma, como sí transforma al que acude a ella con los ojos ávidos para ver y conocer cosas nuevas. Ruskin incluso se dio cuenta del cambio climático casi antes que nadie, cuando era una cosa sólo muy, muy incipiente, provocada por la revolución industrial: como también se fijaba en el cielo y las nubes, advirtió, y escribió, que había «una serie de fenómenos nubosos extraños de los que, hasta ahora, los meteorólogos no habían tenido noticia». Hay quien teoriza que llegó a darse cuenta del derretimiento de los glaciares, que empezó a producirse muy tenuemente hacia 1850. Pues bueno, eso: una mirada total, ávida de ver y de conocer.

Dedicas, también, dos capítulos de libro, uno histórico y otro sobre el presente, al feminismo.

Sí. Yo descubro en mi proceso de documentación, y me parece interesantísimo, que el montañismo, el alpinismo, ha sido en la historia una vía para que mujeres adquirieran conciencia de su fortaleza, primero, y una para amplificar las reivindicaciones feministas después. En el capítulo histórico rescato a tres montañeras del siglo XIX y principios del XX: Henriette d'Angeville, primera mujer que sube al Mont Blanc; Lizzie Le Blond, fundadora del Club Alpino de Damas, y Annie Smith-Peck, una arqueóloga y alpinista norteamericana. Le Blond y Smith-Peck, sobre todo, son muy interesantes: ambas son mujeres enfermizas, débiles, que en un momento dado descubren el montañismo casi por casualidad. Le Blond, porque su médico le propone irse un tiempo a Chamonix para ver si el aire saludable de los Alpes le ayuda, y allá, sale a hacer excursiones primero pequeñas, pero que luego van siendo más largas; Smith-Peck, porque, estando excavando en Italia, un día sale a dar un paseo y sube a un monte que hay en la zona en la que ella se encuentra. A ambas dos, aquello les gusta. Les gusta mucho. Siguen practicándolo. Van marcándose retos cada vez mayores y acaban convirtiéndose en dos alpinistas de raza después de descubrir que no eran enfermizas, ni débiles, sino que lo que las debilitaba era el encierro doméstico y la vida sedentaria. Smith-Peck, que es sufragista, convierte después sus expediciones, que generan un eco importante en la prensa, en un altavoz para sus reivindicaciones: sabiendo que los periódicos van a publicar la foto, planta una bandera que dice «Vote for women» en las cumbres que corona, y esa bandera, esa escueta foto, son por sí mismas un alegato que proclama que las mujeres no son el sexo débil, y que por lo tanto merecen poder votar.

Y sigue sucediendo: en el capítulo sobre el presente hablas sobre dos alpinistas iraníes y un grupo de bolivianas que vienen a representar lo mismo; la posibilidad de adquirir conciencia feminista en la montaña y de usar después la montaña como altavoz.

Hablo de las Cholitas Bolivianas y de dos alpinistas iraníes, Leila Esfandiary y Parvaneh Kazemi. Las Cholitas son un grupo de indígenas que trabajaban en el Huayna Potosí, un seismil boliviano, cocinando para los turistas acampados, haciendo porteos y demás, pero nunca pasaban de Campo Alto, un campamento situado a unos cinco mil metros. En un momento dado, se dieron cuenta de que era un poco absurdo que llevaran años obteniendo su sustento de aquella montaña a la que nunca habían subido, y decidieron probar. Probaron, aquello les gustó, fueron coronando cumbres cada vez más difíciles del país y marcándose retos cada vez mayores. Acabaron por salir del país y por hacer otras cumbres de los Andes; luego han ido viajando incluso al Himalaya. Y una cosa bonita es que siempre suben vestidas con sus atuendos tradicionales y portando una wiphala, la bandera de los indígenas andinos, que Evo Morales hizo cooficial en Bolivia. En cuanto a las alpinistas iraníes, me resultó interesante aludir a ellas porque representaban una especie de Lizzie Le Blond y Annie Smith-Peck modernas: mujeres que han encontrado en el alpinismo una manera de demostrarle a un país donde el género femenino es tratado como lo es que las mujeres pueden, que son fuertes, que son válidas, que merecen la igualdad. Esfandiary murió en un accidente en el Himalaya y Kazemi es un poco su sucesora, y cuando sube un pico importante, se fotografía con una camiseta con el retrato de Leila y el lema «Iranian women can»: las mujeres iraníes pueden.

Hablas también de más cosas en esos capítulos sobre feminismo: machismo en las carreras de montaña, machismo en expediciones mixtas, la desproporción enorme que hay entre la cobertura de gestas masculinas y femeninas...

Hay todo un abanico de machismos montañeros que abarca desde el acoso sexual, y cito una encuesta que se hizo en Estados Unidos y que arrojó que en torno a la mitad de las alpinistas entrevistadas han sufrido acoso alguna vez en alguna expedición, hasta el mansplaining de escaladores mediocres a escaladoras expertas, dando por hecho que son inferiores a ellos. O, sí, el machismo en las carreras de montaña: casi nadie para recibir a la ganadora de la prueba femenina y ningún eco en la prensa ni en el vídeo promocional de la carrera, pero una gran fiesta para recibir al ganador masculino, etcétera, etcétera. Hay una corredora cántabra, Azahara García, que se dedica a denunciar estas cosas. Y sí, en general, la desproporción que tú dices. Yo no supe de Chus Lago, una alpinista y aventurera gallega asombrosa, que ha hecho cosas increíbles, hasta que no escribí este libro. Fue la segunda española en coronar el Everest y la primera en llegar al Polo Sur en solitario, pero cuando hizo esas cosas, la prensa no le dedicó más que un par de breves, destinando las portadas a cualquier chisme insustancial del momento sobre el deporte masculino.

Vives desde hace tres años en León, y sé de buena tinta que has ido conociendo sus espacios montañosos. ¿Cuáles recomiendas al lector?

Ya conocía Sajambre y la parte leonesa de Picos, y había hecho alguna excursión por la Babia, pero sí, la montaña leonesa la estoy conociendo ahora. El otro día conocí el Mampodre, y sabía que me iba a gustar, pero, uf, aquello es más espectacular todavía de lo que pensaba. Subir La Polinosa y ver el cerro de La Cruz enfrente, con todo ese valle glaciar cayendo a pico debajo de ti, es impresionante. Me está gustando mucho vivir aquí.

El libro 'La virtud en la montaña' se puede conseguir desde este viernes 28 de mayo hasta el próximo 6 de junio en la caseta de Ediciones Trea de la Feria del Libro de León, en Ordoño II.

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