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MEMORIA HISTÓRICA

El día en que fue fusilada la democracia republicana en León

[CON GRÁFICO] Hoy se cumplen 79 años de la ejecución del llamado 'grupo de Miguel Castaño'. Junto al alcalde de León, el golpismo franquista aniquiló aquella madrugada al presidente de la Diputación, al gobernador civil, dirigentes y miembros de los principales partidos y sindicatos republicanos, artistas y periodistas en una irónica sentencia a muerte por 'traición' que sirvió de ejemplo de lo que Franco no iba a permitir durante los siguientes 40 años de su dictadura.

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ileon.com | 21/11/2015 - 10:30h.

A las siete de la mañana del 21 de noviembre de 1936, hoy hace 79 años, en el campo de tiro de Puente Castro se produjo un hecho que fue el simbólico fin trágico y violento de la democracia republicana en la capital leonesa a manos del régimen militar golpista instaurado por Francisco Franco. Fue la madrugada en que murieron ejecutados la mayoría de los más destacados representantes políticos y sindicales de la provincia leonesa, junto a numerosos periodistas, en un acto que resultó ser el simbólico final de sangre de un tiempo de libertad.

Bajo las balas del piquete militar del Regimiento de Infantería Burgos número 31, ordenados por un jovencísimo Grande de España llamado Tristán Falcó y Álvarez de Toledo, cayeron abatidos los integrantes de lo que se ha dado en llamar en 'grupo de Miguel Castaño', ya que de todos ellos es al que entonces era alcalde socialista de la ciudad de León al único que se recuerda. Pero jerárquicamente ni siquiera era la víctima más relevante.

Miguel Castaño, Félix Gordón Ordás y Ramiro Armesto, en una foto de Pepe Gracia. El primero y el último, presidente de la Diputación, fueron fusilados en 1936.
Miguel Castaño, Félix Gordón Ordás y Ramiro Armesto, en una foto de Pepe Gracia. El primero y el último, presidente de la Diputación, fueron fusilados en 1936; A Ordás el golpe le sorprendió en México ejerciendo de embajador de España y tras ayudar a numerosos refugiados españoles llegó a ser presidente de la II República en el exilio.

En realidad, la causa militar franquista se encabezaba con el nombre del gobernador civil, es decir, el representante del Gobierno republicano en la provincia, Emilio Francés. Y en la terna de fusilados se encontraba también el entonces presidente de la Diputación, un letrado de origen berciano, Ramiro Armesto. De ellos nadie se acuerda, no sólo durante los 40 años de dictadura sino en los casi 40 más que han sucedido tras la muerte del general Francisco Franco. Ni una calle, ni un monumento, ni siquiera una mención institucional. Víctimas todas ellas que entonces fueron juzgadas y condenadas a muerte bajo la acusación de "traición", delito que les atribuyeron irónicamente los golpistas, mientras en la capital leonesa perviven aún nombres de calles que rememoran a quienes pusieron violento fin a la democracia en España como en León.

Aquella lluviosa y fría madrugada también fueron abatidos muchos más hombres que, en la mayor parte de los casos, eran destacados representantes de las formaciones políticas y sindicales republicanas: Félix San Pedro había sido presidente del Frente Popular en la provincia, aquel que triunfó en las elecciones de febrero del 36 frente a la derecha; Lorenzo Martínez Baca, presidente del Comité local del Partido Sindicalista; Manuel Santamaría, eminente docente, miembro del comité local de Izquierda Republicana; Lorenzo Martín Marassa, diputado provincial por Unión Republicana en el Palacio de los Guzmanes que presidía Armesto; Modesto Sánchez 'Cadenas', socialista y secretario del Ateneo Obrero, y un destacadísimo pintor, amigo personal de Vela Zanetti.

Por su parte, Jesús González y José María de Celis estaban vinculados al incipiente Partido Comunista; Antonio Fernández, pertenecía al Sindicato Minero Castellano Leonés; Isidoro Álvarez López era sargento jefe de Serenos del Ayuntamiento de León que presidía Miguel Castaño, víctima de la traición de un compañero funcionario que ansiaba su puesto; Orestes Vara, oficial de Correos, una entidad de la que salieron numerosos socialistas como él; y para rematar el golpe de los golpistas, Atanasio García Campomanes y Onofre Garcia, ambos periodistas, como lo era el propio Miguel Castaño Quiñones, propietario del periódico La Democracia.

Miguel Castaño -en primer término a la derecha- junto al general Bosch que participó en el golpe de Estado, durante un acto en el aeródromo de La Virgen del Camino. / Pepe Gracia
Miguel Castaño -en primer término a la derecha- junto al general Bosch que participó en el golpe de Estado, durante un acto en el aeródromo de La Virgen del Camino. / Pepe Gracia

Los nombres de todos ellos forman parte de uno de los escasos gestos realizados en los cuarenta años desde la muerte del dictador en la ciudad, el Monumento de la Memoria Histórica o capilla laica erigida -a medias aún- en el cementerio de León. Y por lo menos, durante varios años han sido los protagonistas simbólicos, en representación de los cerca de 1.800 represaliados en León, de actos de recuerdo y memoria, como los protagonizados por la Asociación Juventudes Activas de León.

La historia de Miguel Castaño, el alcalde familiar y querido por todos, aquel por el que muchos leoneses incluso bien posicionados se arriesgaron firmando por una conmutación de la sentencia de muerte que jamás llegó, la historia de sus quince destacados compañeros e incluso la desconocida historia del joven noble que dio la orden de fuego hoy hace 79 años queda muy bien reflejada en el libro 'Asesinaron La Democracia', obra del periodista y escritor leonés Carlos J. Domínguez.

Aquella publicación desentrañó no sólo la desconocida biografía de aquel niño hijo de madre soltera que fue criado en el Hospicio de León y acabó siendo uno de los políticos y empresarios priodísticos más prestigiosos de la provincia, sino que siguió la pista de su insospechado ejecutor o aireó la estremecedora correspondencia del alcalde desde el campo de concentración de San Marcos a su familia. Cartas en las que se pueden leer frases como ésta: "Ya sé que todo León, con rarísimas excepciones, sabe y reconoce esta gran injusticia que se comete conmigo. Ello me honra, como me honra que vosotros estéis orgullosos de mí. Es la gran satisfacción que llevaré a la tumba, unida al gran pesar que abrigo cuando mi pensamiento va hacia vosotros y pienso en vuestro incierto y sombrío porvenir. Espero que salgáis adelante y que acaso lleguéis a ser felices. ¡Ojalá se cumpliera este último pronóstico mío! Ello contribuiría a que pudieseis recordar mi nombre con mayor tranquilidad. Que este recuerdo os sirva de acicate para luchar en la vida".

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