martes 12 febrero

'Meditación para ateos, agnósticos y creyentes. Un acercamiento práctico' en Cepteco

El martes 12 de febrero tendrá lugar en Cepteco una nueva charla-coloquio gratuita con el título Meditación para ateos, agnósticos y creyentes. Un acercamiento práctico y la llevará a cabo Valentín Turrado, instructor en meditación y voluntario del Teléfono de la Esperanza de León.

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ileon.com  | 06/02/2019 - 14:01h.

El martes 12 de febrero tendrá lugar en Cepteco una nueva charla-coloquio gratuita con el título Meditación para ateos, agnósticos y creyentes. Un acercamiento práctico y la llevará a cabo Valentín Turrado, instructor en meditación y voluntario del Teléfono de la Esperanza de León, a quien entrevistamos:

Parece una provocación o al menos una contradicción convocar a ateos y a agnósticos a meditar, ¿o no?

Reconozco que sí es novedoso. Hasta ahora la meditación parecía un patrimonio de personas creyentes y que ahí no tenían sitio ni ateos ni agnósticos. La clave está en descifrar que entendemos por meditar.

¿Nos lo puedes aclarar?

Decía Buda que meditar es respirar de forma consciente y amorosa. Si esto es así nadie está excluido de hacer y vivir esta experiencia. Hay un proverbio Zen que dice que meditar es hacer lo mismo que haces pero de forma consciente y bondadosa.

¿Qué opina el cristianismo?

El cristianismo y todas las religiones en general no son un fin en sí mismo. Jesús de Nazaret no pretendió poner en marcha ninguna religión. La clave del Maestro de Galilea, no lo podemos obviar, no es el culto, sino la acción amorosa. Y esto tampoco es una propiedad de nadie. Para los místicos cristianos meditar o contemplar es sobre todo estar de forma atenta, en silencio, a la escucha, de lo profundo y dejar que esa realidad profunda te empape. A nadie se le puede negar el derecho a la interioridad. A nadie se le puede negar el silencio meditativo. Las palabras nos enfrentan, el silencio nos une.

¿No es lo mismo interioridad que religiosidad?

No. Como no es lo mismo el mapa y el territorio. Como no es igual la copa que el vino. La espiritualidad o la interioridad forman parte de nuestro ser, de nuestra esencia, con independencia de nuestras ideas y creencias o ideologías, es el territorio, es el vino. La religiosidad, las creencias o increencias de cada uno, las ideologías, son los mapas que cada uno tiene, son las copas. Es preciso relativizar las copas y centrarnos en beber un buen vino, que por otra parte es la sabiduría perenne.

¿La espiritualidad está en todos?

¿Acaso no está en todos la capacidad de asombro, de maravillarse, de contemplar, de quedarse embobados, absortos, de belleza, de amor? Dentro de cada ser humano hay múltiples capacidades e inteligencias, una de ellas es la interioridad o espiritualidad. Es esa inteligencia espiritual la que hace que el ser humano anhele lo indecible, lo permanente, lo indescifrable, lo inmenso a todos los niveles. Este anhelo de infinito es inherente a todo ser humano. Nadie está al margen de esta ansia de energía, de inteligencia y de bondad. A esto los creyentes le llamarán Dios. Los ateos naturaleza, inteligencia. Los agnósticos tal vez no digan nada. ¡Qué más da la palabra que utilicemos para expresar nuestra verdad!

¿Qué va buscando la meditación?

Los lugares comunes, los sitios de encuentro, los espacios de unidad. Todo está insertado, relacionado, intercomunicado. Es preciso que el ser humano derribe muros, deje caer divisiones, fronteras, mares, credos, ideologías, en aras de lo que nos une, nos encuentra y nos unifica. No hay avance sin unidad, sin complicidad y sin solidaridad. Los seres humanos necesitamos abrazarnos y dejar de sentirnos enemigos o adversarios. De eso ya se encarga la mala política.

¿Por qué esa insistencia en la unidad?

Porque la esencia del ser humano es la misma. Es preciso asumir esta realidad profunda y avanzar en el proceso evolutivo como especie humana, del ser racional al ser integral.

¿Eso para cuándo?

A nosotros nos toca crear espacios para el silencio y para la compasión. ¿Lo demás? Un día caerá como fruta madura por sí solo. Cuando tenga que ser. Somos el eslabón de una infinita cadena. Nada más y nada menos.

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